Viaje en sillón a Libania
Viaje a Liébana
Hoy he bajado de Liébana con el corazón sereno y agradecido.
No he recorrido sus caminos con los pies, pero sí con el alma.
He visto sus montañas alzarse como viejas guardianas del tiempo,
he sentido el silencio de Santo Toribio,
y me he detenido ante la reliquia de la Santa Cruz
con el respeto con que se mira aquello que ha sostenido la fe y el dolor de tantos seres humanos.
He cruzado una puerta antigua,
pero en realidad he cruzado algo más íntimo:
un umbral dentro de mí.
Y al salir, el valle, la piedra, el aire y la luz
me han dejado una paz difícil de explicar,
de esas que no hacen ruido, pero permanecen.
Hoy termina este viaje,
pero no se pierde.
Queda guardado en la memoria del corazón,
allí donde viven los lugares que no solo se visitan,
sino que se aman.
Liébana ya no es solo un rincón de España:
es también un pequeño santuario dentro de mí.


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